lunes, 10 de noviembre de 2008

...8 horas...8 horas...8 horas...

Aún recuerdo las palabras de mi profesora de Plástica y Dibujo Técnico de mi querido colegio. Se llamaba Marisa, y estudio bellas artes hace ya algún que otro año. Era una mujer magnífica. Como diría Machado: "Era, en el buen sentido de la palabra, buena".

Recuerdo, que entre otros consejos muy variados y pintorescos, nos dijo uno que nunca he podido cumplir: El de las 8 horas...

Ella dijo que la felicidad consistía en dedicar 8 horas al descanso, 8 al trabajo y 8 al ocio. Suman 24 horas, cosa que está muy bien y que es coherente con que el día tenga 24 horas. Algo muy importante.

Sin embargo, yo no tengo la sensación de divertirme 8 horas al día. ¿Por qué? Pensemos. Evidentemente, 8 horas de descanso es más que obligatorio. Es verdad que más agota, y menos también. Con lo cual estoy de acuerdo, 8 horas para dormir no se pueden reducir. 8 horas para el trabajo. Primera mentira. A veces sí son 8 horas, pero normalmente son más. Esas horas de más, no se pueden quitar del sueño, sino del ocio. Empezamos mal.

Y por último 8 horas de ocio. Sin embargo, consideremos que para trabajar, tengo que ir a trabajar, que además tengo que desayunar, comer y cenar. Que además en su día tuve que estudiar. Pongamos que hay que ducharse, y realizar ciertas funciones fisiológicas indispensables... Con lo cual, todas esas acciones conllevan tiempo. Tiempo que no puede quitarse ni del trabajo, ni del sueño. Conclusión, se quitan del ocio.

Pero no todo es tan malo. El problema es que hay que cambiar el chip. Pongamos que disfrutáramos realizando todo lo anterior, que no sería muy difícil. Sólo habría que mentalizarse de que la hora en el metro de pie es ocio. Y que hacer los deberes es ocio. Y que estudiar es ocio. Y con eso, se cumpliría la regla de las 8 horas...

En fin, espero que sepáis apreciar estos 10 minutos de mi ocio que he dedicado a escribir esta entrada, y los dos minutos de vuestro ocio que habéis dedicado a leerla.